El fuego del Espíritu habita en los humildes

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El fuego del Espíritu habita en los humildes

Pentecostés, esa llegada del Espíritu Santo sobre aquellos hombres y mujeres sencillos que tras la crucifixión permanecieron unidos en la esperanza. No fue algo de poderosos, ni de doctos en la ley, tampoco fue para quienes ocupaban los grandes templos de piedra. Fue, desde su origen, una llamada dirigida al corazón humano.

Pentecostés simboliza la fuerza de la energía trascendente que despierta al ser humano desde dentro. Una llama invisible capaz de transformar el miedo en palabra, desesperanza en camino, soledad en comunidad y muerte en Vida.

El Espíritu y su enseñanza no habla de religión: hablaba de dignidad, de consuelo y de una verdad esencial que atraviesa siglos y fronteras.

Porque Cristo, el Mesías del cristianismo, no caminó únicamente entre las sinagogas ni entre los eruditos que interpretaban la ley desde la distancia. Caminó junto a quienes cargaban el peso del mundo sobre los hombros. Estuvo con los pobres, los mendigos, prostitutas y vírgenes olvidadas, con los desarrapados del alma y de la tierra. Allí donde otros veían miseria, él veía humanidad. Allí donde muchos levantaban muros, él tendía puentes y daba la mano a quien lo necesitara.

En un tiempo como el nuestro, marcado por el ruido, la prisa y la apariencia, Pentecostés nos invita a recordar que la verdadera trascendencia no nace del poder, sino de la pureza interior. El Espíritu se manifiesta en quienes cultivan la capacidad de compadecer, escuchar y amar.

Tal vez por eso el mensaje sigue vigente: el mayor enemigo del ser humano no siempre viene de fuera. Como escribió Cavafis en Ítaca: “ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón has de temer; seres tales jamás los hallarás ante ti si no los llevas en tu alma, si no los eleva tu alma ante ti”.

Las sombras más profundas nacen del interior, del miedo, del odio y de la indiferencia. Surgen de los ojos del que mira, no de quien recibe la mirada.

Pentecostés es entonces una invitación a limpiar el corazón para que el Espíritu encuentre morada. A mirar al otro con aprecio. A comprender que la luz divina habita especialmente en quienes el mundo considera derrotados.

Esta es mi certeza. Por ello, al ver la parte superior del Retablo de María de Aragón, no puedo evitar pensar que ese Pentecostés que plasmó el Greco conserva la misma esencia que las yorubas Ibey en su canción Aset: una fuerza que desborda el cuerpo y el espíritu, como quien intenta alcanzar el sol sin consumirse en sus llamas. Pero nadie llega al sol sin convertirse en cenizas, salvo por el Espíritu.

Sé que para muchos estas palabras rozarán la herejía.

Quizá toda búsqueda sincera de lo divino tenga algo de herética.

Tal vez por eso pienso en El hereje de Delibes y en Cipriano Salcedo ardiendo, no solo en las llamas de la Inquisición, sino también en las de su propia conciencia.

Porque Cipriano es profundamente humano y se mueve por la necesidad de encontrar el sentido; uno de esos desarrapados del mundo que intentan proteger lo último que queda de inocencia frente a una sociedad rígida, dogmática y gobernada por el miedo religioso. Y, sin embargo, es precisamente sobre los Ciprianos sobre quienes el Espíritu parece derramarse con mayor fuerza desbordando su Divinidad.

También yo, como Cipriano, como Ibeyi, como Lua de Santana, como los apóstoles y como María de Magdala, ardo en mi conciencia al recordar.

Bienaventurados los limpios de corazón y puros de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

 

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